Hay muchas experiencias que me gusta vivir, algunas más intensas, otras más serenas, eso sí, todas implican moverse y estar en la calle, el vagabundeo como forma indispensable para estar. Desde la secundaria comencé a salir más a la calle bajo el pretexto de ir a algún curso de arte, en esa misma etapa comenzó mi interés por el graffiti, afuera de la secundaria donde yo estudiaba realizaban continuamente concursos en lo que participaban amigos más grandes yo con los que asistía a la Casa de la Cultura. Mi interés no era ser escritora o pintar caracteres, simplemente me encantaba el hecho de poder convivir en la calle, sin que te molestaran, escuchar música y observar por horas cómo las paredes iban tomando formas, cómo se mezclaban los colores, cómo olía el ambiente a aerosol.

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Siempre he sido muy visual y la calle me permite desatar mejor esa capacidad. Comencé a tomar fotografías posteriormente, una que otra por el 2003 y ya hasta 2006 es que pude conseguir una cámara fotográfica prestada, de ahí no paré, ni creo que pare jamás. Esa contemplación que tenía desde pequeña la podía plasmar en instantes, incluso llevarme recuerdos, capturar momentos, congelar experiencia, emociones y colores. La cámara es como una extensión de mí, ya sea desde el celular, con una cámara pequeña o alguna profesional. Empecé a conjuntar la foto con el graffiti, primero documentando, registrando, ordenando(cosa que aún sigo haciendo) una historia del graffiti en mi estado, lo cual me ha permitido conocer otros lugares. Pero fuera del registro de la pieza final o de los escritores en su proceso creativo, me llama la atención observar otros detalles o ver cómo convive la gente con aquello que queda plasmado en las paredes, ver cómo estás imágenes le dan otro tipo de vida a la calle y no son sólo muros inertes, porque al final del día el escritor se va, pero la gente sigue pasando diario por ahí.